miércoles, 19 de febrero de 2014

"La Sonia" y un relato del horror en La Cacha en primera persona

El sueño era siempre el mismo: una persona vestida toda de negro, alta y muy delgada, elástica como un ninja, se robaba a la gente y las encerraba en bolsas de consorcio.

Por: Pablo Roesler
Era una pesadilla de mi primera infancia. El hombre de la bolsa estilizado al que había bautizado "La Sonia" era uno de mis miedos de nene que me despertaban asustado a mitad de la noche.
La referencia siempre fue muy obvia. Se ve que la metáfora nunca fue mi fuerte. Quizá por eso terminé siendo periodista. Y quizá por aquello terminé cubriendo juicios por los crímenes de la dictadura. Y quizá por ambas cosas, por mi profesión y para espantar definitivamente a "La Sonia", el viernes seguí desde el palco destinado a la prensa en el tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata, la declaración testimonial en la que mis viejos, Carlos y Viviana, contaron en el juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino de detención La Cacha, de las afueras de La Plata, su paso por ese centro.
Recordaron cuando fueron secuestrados el 24 de marzo de 1977, cuando el golpe de Estado de 1976 cumplía un año. Ese día Rodolfo Walsh había enviado a las redacciones su Carta Abierta a la Junta Militar denunciando las desapariciones y muertes y al día siguiente lo mataron cuando se resistió a ser secuestrado.
Mi vieja contó que a la siesta de ese día fue a la Facultad de Periodismo de La Plata, que en ese momento aún era Escuela Superior, porque la había citado el secretario administrativo, para resolver su readmisión porque los milicos habían cambiado los planes de estudio.
Viviana fue con su hijo de siete meses, uno menos que el que hoy tiene mi hija. Ese niño nacido el año anterior, y la dictadura que estrenaba sus garras, no le habían permitido cursar el tercer año.
Pero el negro Bustos (Francisco, el secretario) la conocía desde el ’74, cuando mi mamá estudiaba, militaba en la JUP y ocupaba un lugar en el Centro de Estudiantes.
Viviana Rodríguez no pudo recordar ante los jueces cuál fue la respuesta del secretario, si la readmitían o no, porque cuando salió de su oficina se topó con un hombre enorme, mayor para una chica de 21 años, que la tomó con fuerza del brazo mientras otro le arrebataba el  bebé que llevaba a upa.
La intensidad de ese recuerdo borró el resto: solo recuerda que los arrastraron hasta un Falcon color ladrillo y que lo único que atinó a pedir  fue que no se olvidaran el cochecito del bebé. Lo cargaron en el baúl. A ella le vendaron los ojos, la tiraron en el piso del asiento de atrás y partieron.
Mirando a los jueces Carlos Rozanski, Pablo Vega y Pablo Jantus, Carlos Roesler contó que la noche del 24 de marzo de 1977 volvía a su casa después de la jornada laboral en un frigorífico de Berazategui.
Apenas dobló la esquina de 2 y 48 para llegar a nuestra casa, ubicada media cuadra más allá, a metros del Bosque platense y la vieja cancha de Estudiantes, un tipo corpulento y enfundado en una campera, salió de un rincón oscuro de la esquina caminando detrás suyo.
Cuando llegó a la puerta del departamento sintió el caño de un arma en la nuca. Al instante, se encendieron las luces de varios autos estacionados en la cuadra.  Después fue rutina: lo metieron en la casa, lo encapucharon  y revolvieron todo. Lo cargaron en un auto como a un bulto y partieron.
Viviana y Carlos, mis viejos, estuvieron nueve o diez días en La Cacha. “Más de una semana”, calculó mi vieja cuando le preguntó Rozanski.
Allí estuvieron esposados al piso, al igual que otra gente: el bancario Molina; la artesana que hacía carteras de cuero, Pupé, y otra mujer embarazada que estaba por tener y su marido.
Yo estuve apenas unas cuantas horas, pero bastó para dejar en claro que en ese centro también llevaban bebés, si era necesario.
Todo eso –y algo más- contaron mis viejos el viernes ante los jueces. Esperaron mucho. Primero para poder enfrentar ese episodio y contarlo a sus hijos.
Luego para decirlo a la justicia en los juicios por la verdad y el viernes a un tribunal federal con posibilidad de juzgamiento.
Pasaron 37 años. Mi edad. Prácticamente el mismo tiempo que esperé yo –mucho tiempo sin siquiera saberlo- para espantar definitivamente mi pesadilla, tan obvia como el uso que los represores le dieron al personaje infantil de la Bruja Cachavacha, que desaparecía gente, para nombrar al centro clandestino, por el que ahora deberán rendir cuentas en un juicio de la democracia.

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